El campamento de la vergüenza

Nadie en el campamento sabía quién era aquel australiano de pelo blanco y zapatos de piel. Y a los extraños se les recibe con una ceja arqueada porque no suelen traer nada bueno. No tardaron en rodearle. Philip Alston, relator especial sobre la extrema pobreza y los derechos humanos de la ONU, llegaba hace dos semanas a un asentamiento de temporeros inmigrantes de Lepe (Huelva) para comprobar cómo en el siglo XXI hay gente en España que vive sin agua, sin luz y sin retrete. Alston, sin despegarse de su cuaderno rojo, se sentó sobre una bobina de cable bajo el único pino del campamento y escuchó a sus habitantes, trabajadores subsaharianos en precario. No cambió el semblante amable, no frunció el ceño, no hizo muchas preguntas, pero tras su visita sentenció: “Viven como animales”. “Sus condiciones compiten con las peores que he visto en cualquier parte del mundo”, remachó.

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