Elvira Lindo regresa a su infancia a orillas del pantano de El Atazar

Mi padre era un hombre que volvía. Visitó todos los lugares donde había vivido. Tenía el mismo amor por los sitios que por la gente”. Vamos camino de la presa de El Atazar, el mar de Madrid, uno de los grandes proyectos de ingeniería que Franco hizo construir, un pantano en el río Lozoya que provee el 46% del agua que se bebe en la capital. Mirando ese embalse, entre pinos y una tierra herida y seca “que parecía un escenario lunar”, la escritora Elvira Lindo pasó la infancia que mejor recuerda: entre los cinco y los nueve años. Ella y sus amigos eran “los niños del pantano”. Vivían en un poblado construido para alojar a trabajadores de la presa, como su padre, que era auditor. “Los obreros sin familia dormían en barracones. Los cargos medios, en chalets, y los ingenieros, en un pedazo de chalet. Todo dicho desde la austeridad: no había lujo”, apunta Lindo al subir al coche. Nos dirigimos al poblado. “Más bien a la nada”, advierte. “Hoy es un lugar vacío habitado solo por fantasmas”.

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