Marisa Paredes y Lluís Pasqual: Energía de colores

Le ha conseguido una cita que ella no debe perderse. Ella lo ve llegar al Café Gijón como a un rey mago civil, vestido como un intelectual del París de entreguerras. Ella ya se ha despojado de su propio disfraz, se toma un rooibos, y lo invita. Hay en los dos una complicidad como de antiguos enamorados, pero sus enamoramientos son los que se producen en dos que han caído rendidos a sus respectivos talentos. Se conocieron cuando eran jovencísimos, en Barcelona. Él veía La estrella de Sevilla, ella parecía un ciclón en el escenario, un aire fresco nuevo que no había visto nunca. Cuando él dice eso, ya su cara desprovista de la máscara blanca, ya es Lluís Pasqual hablando de teatro, y ella, Marisa Paredes, feliz de encontrarle y de escucharle, exclama como si oyera eso del ciclón por primera vez:

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Confi-unidos por las letras

El confinamiento ha supuesto una dura prueba para el sistema escolar. Como toda experiencia inesperada y exigente ha generado cansancio, frustración… y, a su vez, nuevas oportunidades de evolución. Los docentes han experimentado el beneficio de formar parte de comunidades de profesionales que aprenden juntos. Muchos se han aficionado a indagar y ensayar nuevas formas de enseñanza.

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Las nanas de Lorca, a escena

En diciembre de 1928, Federico García Lorca pronunció en la Residencia de Estudiantes de Madrid una conferencia sobre nanas que había escuchado en diferentes partes de España. Consideraba el poeta que las canciones de cuna son el primer acercamiento de un niño a la literatura y que marcaban una huella en su corazón para toda la vida. También en ellas quedan expresadas realidades relacionadas con la vida doméstica de la España de su época y cómo las mujeres, que eran las que normalmente las cantaban a sus hijos, volcaban en ellas no solo su amor y preocupación por sus niños, sino también sus angustias y conflictos con los hombres y el mundo.

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Antonio Gamoneda: “Todo hambriento es un microeconomista”

En el estudio de Antonio Gamoneda se oye el reloj de la catedral y desde la ventana que da al jardín de su casa se ven “los únicos árboles del barrio”: un lauceraso de más de 100 años cuyo fruto, una especie de cereza negra, envenena a los pájaros incautos que acuden a picotearla. A su lado, un castaño de Indias igual de viejo y un lilo plantado por el propio poeta. Gamoneda nació en Oviedo hace 88 años, pero lleva 85 en León. Temprano huérfano de padre, dejó Asturias porque a su madre le recomendaron un clima seco que mitigase sus continuos ataques de asma. Él fuma tabaco de liar Manitou —“el que mata”— y tiene un par de cajas en la mesa, pero aparta el cenicero para las fotos: “Es poco cívico”.

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